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El cerebro que nunca deja de nacer: cómo los científicos descubrieron que generamos nuevas neuronas toda la vida


Durante décadas, los libros de biología repitieron una misma frase: el cerebro adulto no produce nuevas neuronas. Parecía una verdad indiscutible. Pero hoy sabemos que esa afirmación era falsa. Nuestro cerebro, incluso en la madurez, conserva una sorprendente capacidad de regenerarse. Un hallazgo que no solo derribó un dogma científico, sino que está abriendo las puertas a terapias para reparar lesiones cerebrales y enfermedades neurodegenerativas.

Un descubrimiento que parecía imposible

La idea de un cerebro “plástico” no es nueva, pero durante gran parte del siglo XX los científicos asumían que las neuronas, una vez formadas, no podían reemplazarse. “Era una herejía pensar lo contrario”, recuerda el neurólogo Stephen Goldman, pionero en el estudio de las células madre neuronales del cerebro adulto y profesor en la Universidad de Rochester, en Nueva York.

Goldman fue uno de los primeros en demostrar que existen células progenitoras neuronales —una especie de reserva natural de neuronas en potencia— que permanecen activas a lo largo de toda la vida. Su trabajo, presentado en la Reunión Anual de la Asociación Americana de Neurología, está ayudando a entender cómo el cerebro puede autorrepararse e incluso recuperar funciones perdidas.

Todo empezó con los cerebros de las aves

Paradójicamente, las primeras pistas no llegaron de humanos ni de ratones, sino de aves canoras. En los años ochenta, un grupo de investigadores observó que algunas zonas del cerebro de los pájaros se regeneraban cada temporada, coincidiendo con sus ciclos de canto y apareamiento.

Al analizar sus cerebros, descubrieron que nuevas neuronas surgían y migraban a distintas regiones, algo impensable en ese momento. “Aquello sugería que el cerebro conservaba células madre mucho después del desarrollo embrionario”, explica Goldman.

Ese hallazgo motivó una cascada de estudios en roedores y primates. Finalmente, a finales de los noventa, la evidencia era indiscutible: el cerebro adulto sí produce nuevas neuronas, sobre todo en dos regiones concretas: el hipocampo —clave para la memoria y el aprendizaje— y el bulbo olfatorio, relacionado con el sentido del olfato.

Las reservas ocultas del cerebro humano

Para comprobar si lo mismo ocurría en humanos, el equipo de Goldman analizó tejido cerebral extraído de pacientes con epilepsia. Encontraron que las células del revestimiento ventricular, una capa interna del cerebro, se dividían y daban lugar a nuevas neuronas funcionales.

Estas células, llamadas progenitores subependimarios, no solo podían multiplicarse, sino también integrarse en el circuito cerebral: enviaban conexiones, establecían sinapsis y se comunicaban con otras neuronas. Era la prueba de que el cerebro adulto humano mantenía su propio “vivero neuronal”.

La proteína que hizo visibles a las células madre

El siguiente reto fue cuantificar cuántas de estas células existen y cómo funcionan. Para ello, los científicos utilizaron marcadores moleculares como la proteína musashi, que actúa como una especie de etiqueta biológica.

Musashi se expresa solo en las células madre neuronales y desaparece a medida que estas maduran, lo que permite localizarlas con precisión. Los estudios revelaron que estas células son escasas —menos del 3 % del tejido subependimario—, pero su potencial es enorme: en cada hemisferio cerebral habría entre 50.000 y 100.000 células progenitoras listas para activarse.

Un paso más allá: reparar la mielina

Mientras Goldman y su equipo estudiaban las neuronas, un hallazgo inesperado cambió el rumbo de su investigación: descubrieron células progenitoras en la sustancia blanca, el tejido que recubre los axones y permite que las señales eléctricas viajen con rapidez.

Estas células eran mucho más abundantes que las neuronales, representando hasta el 3,5 % de la sustancia blanca adulta. Su función: generar oligodendrocitos, las células encargadas de fabricar la mielina, esa capa protectora sin la cual el sistema nervioso no puede funcionar correctamente.

El equipo comprobó su potencial trasplantando progenitores humanos en ratones con una mutación que impide la formación de mielina. Los resultados fueron asombrosos: en solo tres meses, los animales mostraban una remielinización casi completa del cerebro. Y lo más sorprendente fue que las células adultas se adaptaban y funcionaban mejor que las fetales.

De los laboratorios a las terapias

Estos avances abren un horizonte terapéutico sin precedentes. Las enfermedades desmielinizantes como la esclerosis múltiple o los síndromes congénitos como el Pelizaeus-Merzbacher podrían beneficiarse de terapias celulares basadas en progenitores de oligodendrocitos.

“La clave está en lograr una remielinización rápida antes de que se pierdan los axones”, explica Goldman. Sin embargo, producir suficientes células para tratar a gran escala sigue siendo un desafío técnico y ético.

¿Reprogramar el cerebro desde dentro?

Más allá del trasplante celular, la neurociencia explora una idea aún más audaz: activar las células madre del propio cerebro. Si el entorno químico es el adecuado, las células gliales —normalmente dedicadas al soporte y reparación— podrían transformarse en nuevas neuronas funcionales.

El laboratorio de Goldman ha probado esta estrategia en modelos animales introduciendo dos proteínas clave: BDNF (un factor que estimula el crecimiento neuronal) y noggin, que bloquea la formación de glía. El resultado fue sorprendente: el cerebro de los ratones comenzó a generar nuevas neuronas en regiones donde normalmente no se formarían.

Incluso se observaron mejoras motoras en modelos de enfermedades como la de Huntington, lo que sugiere que esta técnica podría tener aplicaciones clínicas en el futuro.

El futuro de la neurogénesis: reparar sin abrir

No todos los científicos coinciden en cuál será el mejor camino: estimular la regeneración interna o implantar células externas cultivadas en laboratorio. “Ambas estrategias tienen ventajas y riesgos”, advierte el investigador Clive Svendsen, de la Universidad de Wisconsin.

La reparación endógena sería menos invasiva, pero implica el riesgo de una proliferación celular descontrolada. Los trasplantes, en cambio, permiten controlar el proceso, pero requieren cirugía y manipulación celular compleja.

Sea cual sea el método, una cosa está clara: el cerebro adulto no es un órgano estático. Late, cambia, se renueva. Y lo que antes parecía un milagro —volver a generar neuronas— podría convertirse en una herramienta médica para recuperar lo que alguna vez creímos perdido: la capacidad de sanar la mente desde dentro.

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